La palabra dicción es autorreferencial, designa al acto mismo de hablar. "Tiene buena o mala dicción" se dice de quien habla bien o mal.
La palabra adicción (suponiendo sea opuesta a dicción) no puede ser autorreferencial, quien no habla no puede pronunciarla. La adicción siempre remite a otro, el adicto es el otro, el que no tiene voz, el que se encuentra atravesado por la palabra del otro.
La relación entre el uso cotidiano y el probable sentido etimológico aquí expuesto respecto de la palabra adicción, muestra [lamentablemente] cierta coherencia.
Los adictos son estigmatizados por el otro. Ser adicto es no tener palabra, no tener voluntad. Al adicto le es negado el don de la palabra, lo que dice no lo dice él. Ser un adicto a esta altura es estar poseído, el que habla en el adicto es el fantasma que lo habita, al que hay que deshabitar, exorcizar y al fin, rehabilitar. Decir que tal proceso se da en contra de su voluntad es un absurdo puesto que la voluntad no es un supuesto en el adicto.
¿Quién es entonces el fantasma? ¿Quién habla? ¿A quién hay que deshabitar?
Quién niega al otro la voluntad y lo tilda de adicto es el que a sí mismo se otorga el poder de dar sentido, el resentido. El adicto no habla porque el que habla no escucha, no es el mudo el problema sino el sordo resentimiento hacia el otro que no es igual a sí mismo.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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